Una fiesta en el primer piso de un edificio. Un vecino que tiene que madrugar.
Una bolsa misteriosa. Una inundación.
Un incendio. Un apagón. Un desatino de encuentros y desencuentros en ese lugar ambiguo de todos y de nadie, anónimo y conocido: el descansillo.
Hay una fiesta en el primer piso de un edificio. El vecino del cuarto baja a protestar, porque mañana tiene que madrugar. Pero no logra respuesta. Sale la vecina del primero C que se asoma muy preocupada porque hay una bolsa en el descansillo.
En esto aparece la vecina del segundo B, que sufre una perdida de agua, y pide que la ayuden a desalojar el agua cargando cubos, pero se cruza con la chica del tercero interior izquierda que le pide un poco de sal gorda para su besugo al horno. Se lían conversando de cocina. Sigue la fiesta.
Al punto se dan cuenta de que el agua ha bajado por la escalera y ya está bajo sus pies. La misteriosa bolsa sigue ahí. Todos discuten sobre cuál debería ser la prioridad, mientras llega el humo del besugo que ya se ha quemado en el tercero.
Por supuesto, se corta la luz.
Tratando de solucionar algo,
se descubre que se trata de
una bolsa olvidada por alguien
que iba a la fiesta.
En la coyuntura actual, por primera vez, la comunidad en pleno aprueba por unanimidad que la única opción coherente es sumarse todos a la fiesta.
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La acción se desarrolla en quizás el sitio más neutro e impersonal de nuestras viviendas. El descansillo.
Una decoración neutra, algunas puertas (cerradas, por favor), una escalera que sube, una que baja, el hueco del ascensor, acaso algún cenicero (horrible), una planta (de plástico); y según la categoría del edificio, un cuadro (inútil, nadie reparará en el).
Tierra de nadie…
El descansillo es casi una metáfora perfecta de la vida en las grandes ciudades. El sitio en común que compartimos con un montón de gente que apenas conocemos, que acaso vemos todos los días, cada cual llegado vaya usted a saber de dónde, pero que vive a escasos metros de la puerta de nuestra casa. Como la calle. Un lugar donde uno no puede permanecer. ¿Qué hace ese tío en el descansillo, quieto? ¿Por qué no se va?
El descansillo es una estilización de lo que quedó de aquellos viejos patios comunes de las corralas, donde antaño se podían encontrar los servicios comunitarios: el wc, una gran pila o fuente de agua para la colada; y en donde los vecinos se cruzaban mucho más frecuentemente, no tendrá usted un poquito de…, podría usted echarme una mano, o salir al patio aunque solo fuera para tomar el fresco en verano o a cotillear un poco, distraerse, a falta de televisión…
Esos patios que han sido el escenario ideal para que crecieran las grandes zarzuelas, los sainetes, verbenas, vodeviles, las comedias de enredos o “de puertas” que hicieran las delicias de nuestros abuelos.
Hoy, en pleno siglo XXI, los vecinos no son de la puerta contigua, sino más bien de arriba, o de abajo, nuestros servicios públicos funcionan perfectamente y somos completamente civilizados y autosuficientes… casi siempre.
Casi.
¿Qué provoca que un vecino salga al descansillo? ¿Qué provoca que pueda cruzarse allí con uno, o con dos, o tres…? ¿Estamos preparados para afrontarlo?
“El descansillo” es una especie de sainete urbano del siglo XXI. Una comedia de pasillo, o de puertas, pero en vertical. Un enredo mayúsculo. Pero, sobre todas las cosas, una Fiesta.
| ficha técnica y artística |
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Dramaturgia y dirección general:
Martín Miguel Vaamonde
Primero C:
Ali Delgado
Segundo B:
Ana Plaza
Tercero Interior Izquierda:
Mar Vico
Cuarto A:
Rafa Rodríguez
Percusionista:
Ronny Vasques
Iluminación:
Fefo Monza
Vestuario:
Isabel Sala
Escenografía:
Luis Santías
Música:
Palo Q´Sea
Diseño Gráfico:
Tiralíneas
Fotografía:
Paula Castillo
Video:
Emboscada
Producción:
Nagüal Teatro
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